ANTOLOGÍA DE RELATOS BREVES 011-020
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RELATOS SEMANALES
ANTOLOGÍA 02
Miguel Cobaleda
@MACCGL
#LosCuentosDelAmanuense Colección de micro-relatos
SEGUNDO GRUPO: 011 AL 020
11-04-2021 AL 13-06-2021
011-CANCIONES
Miguel Cobaleda
11-04-2021
Me lo estaba temiendo: si las canciones se rebelan y protestan (con razón) y no
les hacemos caso, acabarán por irse.
Bueno, pues ya se han ido. Se han marchado de golpe, sin despedirse. Estaba una
joven madre cantándole una nana a su bebé mientras le amamantaba, y la nana se
ha ido sin más, el bebé la ha mirado con extrañeza, preguntándose ¿a qué lugar
me han traído? Una sección de marines que marcaba el paso cantando su estribillo
de marcha, se han callado tan de golpe que han tropezado los unos con los otros.
Un barítono del coro de Voces Graves de la Parroquia de San Dunstán, se ha
atragantado con el silencio: asfixiado, muerto. El oficiante de hoy en la Misa
de doce ha intentado cantar el “Santo”... menos mal que ya estaba en la iglesia
y su ayudante, el coadjutor, le ha podido dar el santóleo.
Y es que era por demás: las baladas pregonadas, las arias perseguidas, los
motetes con la cabeza puesta a precio, las saetas proscritas, incluso los
boleros ¡los boleros, por Dios!, reclamados por la justicia. No lo han soportado
y se han ido, lo entiendo.
Se puede hablar, por supuesto, se puede hablar alto, incluso se puede gritar,
pero a cualquier amago de canción, te ahogas.
Últimamente (porque este asunto es todo él reciente) parece que es peligroso, no
ya cantar, hasta oír cantar: un pen-drive con una antología country –que nadie
entiende por qué seguía conteniendo canciones– ha matado fulminantemente a todos
los viajeros de un autocar, cuyo chófer ha cometido la imprudencia de ponerlo en
los altavoces.
A causa del pánico desatado y de la histeria colectiva, están linchando a los
compositores, cantantes, canta-autores... Los únicos que estamos a salvo somos
los sordomudos. Hay ahora por doquier un silencio que hasta nosotros percibimos.
Me parece bien: el ruido es inútil.
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012-PARAR
Miguel Cobaleda
18-04-2021
Corríamos cada uno por una orilla distinta del torrente, parecía un juego pero
no había puente, nuestras miradas atravesaban un abismo insalvable que
igualmente hubiese podido ser entre montaña y montaña, entre mundo y mundo,
entre la vida y la muerte. A la vista, sí, pero separados por lo inabarcable.
Entonces apareció el buhonero. Me propuso (nos propuso, y eso es raro, quizá es
que había a la vez dos buhoneros, o uno solo que estaba en ambas orillas del
río) la solución del problema, para que no hubiese una sima entre ambos y que
fuera posible vadear el rabión. La respuesta era un silbato, así de simple, un
silbato. Una pieza pequeña de metal muy gastado aunque con brillo de plata, una
ranura ciega que mataba el sonido, un silbato sordo, eso es lo que me dijo... Y
silbó con toda fuerza y no oí –no oímos– nada, pero el río se paró de repente,
todo el río, hecho piedra al instante el entero caudal.
Ya no hubo más. Pasamos andando por sobre el sólido sendero de agua detenida,
nos dimos un abrazo, jugamos a deslizarnos y a saltar y a correr, al fin nos
cansamos de certificar la maravilla y salimos del cauce. El buhonero silbó otra
vez en silencio y el flujo del torrente se convirtió de nuevo en torrente, a
veces los milagros son tautologías.
Ya me maliciaba el precio impagable que iba a pedirme el hombre por aquel
artilugio (si no pensaba venderlo ¿por qué tanta propaganda?), cuando lo deslizó
en mi mano, diciéndome “es un regalo” y me quedé como el río, detenido y de
piedra, puro asombro agradecido.
Allí fue ella, parar, fluir, parar, fluir, parar, fluir... el pobre caudal
estaba como poseso, ya podéis imaginar: juguete de un niño que tiene un silbato
paralizador de ríos...
Cuando el viejo ambulante me vio pensativo –muy luego de tanta aventura
maravillosa–, observando el cilindro con ojo analítico, acercándome al agua y
examinando las ondas como hidráulico experto, sonrió comprensivo y se avino a
explicarme para tranquilizar mi ánimo.
En efecto, era un truco, no se puede parar la corriente de un río. Lo único que
hacía el famoso silbato (que guardo en algún sitio como recuerdo de infancia)
era moverlo todo, todo lo demás, las orillas, los árboles, las montañas, los
campos, los soles, las galaxias, a la misma velocidad con que fluía el agua,
dando de este modo la sensación –pero falsa– de que era el propio torrente el
que se había parado. Así se explica, no podía ser de otro modo, nadie puede
detener la corriente de un río.
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013-MUDAS NUEVAS
Miguel Cobaleda
25-04-2021
Por fin han logrado producirlas en serie y ya se puede cambiar de alma. Las
almas de un solo uso eran terribles, se gastaban, envejecían, repensaban,
remordían, olvidaban... Ahora son de usar y tirar, ni siquiera son caras, porque
el proceso de su fabricación industrial utiliza almas recicladas y no necesita
grandes inversiones.
Han tenido que añadir –a los de cristal, papel y orgánico– un contenedor para
almas (que por cierto: es obligatorio envolverlas en glassferrita termosellada,
porque hieden), pero es lo de menos en comparación con poder estrenar alma de
vez en cuando.
Eso sí, yo no me creo lo del reciclaje aunque me tachen de conspiranoico. Vamos
a ver: supongamos que en Salamanca fuésemos todos ricos y cambiásemos de alma
cada noche. Como somos unos ciento cincuenta mil, son ciento cincuenta mil almas
a la basura. Dejemos de lado el asunto de que se necesitarían mil veces más
contenedores, y vayamos al tema principal: si con el reciclado de cien almas se
obtiene espiriplast para cincuenta (cifras oficiales), con el total de almas
viejas de cada noche se pueden hacer setenta y cinco mil almas nuevas... pero
somos el doble, así que las cuentas no salen.
Conozco la tesis de los que dicen que el espiriplast que falta se importa desde
otros continentes, pero si esos tales son igual de ricos, el problema subsiste,
y si son pobres y no cambian de alma con frecuencia, el problema se agrava. Ya
sé, ya sé que explican que mucha población miserable de esos continentes venden
las almas y no las reponen, pero todo tiene un límite, porque si no las reponen,
no las pueden volver a vender.
Aunque no admito por completo las habladurías de que usan toda clase de
mierda-base para hacer almas (el rumor pretende que emplean odios, mentiras,
rencores, envidias, tristezas, desesperaciones y otras basuras), algo tiene que
haber, porque en ciertos lugares privilegiados donde viven los gerifaltes,
cambian de almas con sólo unas horas de uso, a veces minutos. No puede ser todo
reciclaje, sencillamente no es posible.
En mi familia (cuidado: no somos ricos, tenemos un pasar, pero nada de lujos),
en mi familia hemos adquirido la costumbre de cambiar de alma una vez por semana
(o antes si se necesita por remordimientos puntuales o desesperanzas concretas,
pero sólo en esos casos), y nada más. Tenemos un stock de almas nuevas de tres
para cada uno de nosotros, y nos hemos prometido no pedir almas prestadas. A mí
me miran con ironía porque no me mudo con frecuencia, a veces un alma me dura
más de un mes; comprendo que es poco higiénico, pero prefiero cambiar la pila de
memoria y seguir con la misma alma... Yo soy así (y las almas las uso poco,
porque casi siempre voy a cuerpo).
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014-LA TRUCHA MECÁNICA
Miguel Cobaleda
02-05-2021
Mi padre es el peor pescador del mundo: es impaciente (¡un pescador
impaciente!), confunde los cebos, confunde las horas, confunde las especies,
confunde los ríos... Pero él se cree el mejor ¡no!: el único pescador del mundo.
Es mi padre, sí, y le respeto mucho, pero en esto de la pesca no hay quien le
aguante. Y está lleno de trucos marrulleros que no duda en usar con atrevida
im-punidad, como aquella vez que, habiendo enganchado yo una hermosa trucha,
hizo no sé qué jaleos con su sedal, lo enredó en el mío y consiguió de algún
modo que la trucha emigrase de mi aparejo al suyo. Así que un buen día, harto de
soportar sus engaños, maquiné proporcionarle un pequeño escarmiento.
Tengo cierta habilidad manual y algunos saberes ingenieriles, de forma que
construí una trucha mecánica que me proporcionara el adecuado cauce para mi
venganza. Al principio pensé hacerla de tamaño descomunal, pero poco a poco fui
bajando de ambiciones y finalmente la hice justo en el límite del gálibo natural
de la especie. ¿Para qué quería tanto tamaño?... Bien: me proponía ponerle un
motor de mi invención (acero-ceramia ultra-galvanizada) a cuyo servicio estaba
una batería de cadmio e iridio mega-prensados que sería capaz de entregar un
millón de julios... (ju-lio: “cantidad de trabajo realizado por una fuerza
constante de un newton en un metro de longi-tud en la misma dirección de la
fuerza”, ignorantes) convirtiendo a la trucha en un tanque. En forma de trucha
pero tanque. ¿Y por qué y para qué semejante potencia?... Si rompes un cristal
con el puño, además del agujero que haces, también los bordes se astillan, pero
si disparas una bala ultrarrápida, entonces el cristal no tiene tiempo de
astillarse y queda el agujero circular níti-do y sin grietas. Pues yo me
proponía que la trucha, al pescarla mi padre, diese de repente un ti-rón tan
brutal que el sedal no tuviera tiempo de romperse, mi padre no tuviera tiempo de
soltar la caña y la trucha le paseara arriba y abajo por el río unas cuantas
veces hasta dejarlo en la orilla exhausto y vencido.
Muy de mañanita, y habiendo colocado los controles del mecanismo en el carrete
de mi caña, dejé el chisme en el remanso del recodo donde solíamos pescar y,
como todo llega en este mun-do, llegó el momento. Probando probando le hice al
engendro dar un salto tal, que temí por un instante que mi padre recelase, pero
no, solamente sirvió para que se diera por enterado. Se puso tan frenético que
no acertaba con los cebos, acabó poniendo un trozo de la butifarra que
llevába-mos para comer... Por fin consiguió lanzar su sedal al agua y, como yo
estaba impaciente por aca-bar el juego, “mordí el anzuelo” y solté con los
controles toda la potencia de la bestia metálica...
¡Quién podía pensar que fuese tanta la resistencia del viejo!... Afianzó en el
suelo los grandes za-patones, tensó las fuertes y correosas piernas, engatilló
los brazos en un ángulo cerrado y resistió el tirón como si fuese un álamo de la
ribera. No mucho después enarbolada con júbilo en su mano izquierda la derrotada
bestia y lo hacía con tanto entusiasmo que ni siquiera notó que la trucha echaba
chispas y soltaba humo y láminas chamuscadas de metal escamoso.
Fue una de los días más penosos de mi vida: por un lado sufrí la más humillante
de las derrotas, y por otro lado tuve una de las digestiones más pesadas...
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015-ESCUDO
Miguel Cobaleda
09-05-2021
Por lo visto, las madres de los soldados de la antigua Esparta, cuando sus hijos
iban a la guerra les despedían con la frase “vuelve con tu escudo o sobre él”,
queriendo decirles que volvieran victoriosos o muertos, que de otro modo no
volvieran porque no les reconocerían...
¡También nuestras mujeres les iban a decir a sus hijos cuando fuesen a la
batalla semejante burrada!
Me gustaría saber quién desnaturalizó de semejante modo a las pobres madres
espartanas para que dijeran tamaña estupidez.
Las madres no son así de suyo, ni mucho menos, tuvo que ser alguna insistencia
incansable, el repetir y repetir incesante de lo que valen las patrias y la
muerte gloriosa antes que la derrota o el deshonor, la deshonra, la ignominia,
esa cosa, fuere lo que fuere.
Lo natural de una madre es guardar a su hijo para que no vaya al combate y, en
caso de no poder impedirlo, aconsejarle prudencia, cobardía, bajar la cabeza,
huir rápidamente, abrigarse bien, no mojarse los pies en la trinchera, cosas
buenas de las que recomienda una madre. No esa barbaridad del escudo, que está
bien para un general loco ansioso de fama militar, pero que son palabras que a
una madre le suenan a locura, a locura ansiosa de fama militar.
Las madres se preocupan más por sus hijos que por los escudos de sus hijos; de
éstos se preocupan en tanto en cuanto pueden evitar que maten a sus hijos, es
decir, en tanto cumplan su función de escudos, no como camillas mortuorias, en
ese aspecto a las madres los escudos les parecen un espanto, que es lo que son.
Si las madres pudiesen, ni siquiera habría guerras. La hipótesis de que las
hembras de las especies también están interesadas en el combate para asegurarse
de ese modo una mejor supervivencia de la raza por una mayor calidad de los
genes, es una hipótesis idiota completamente anti-madre, porque la tesis madre
es justo la contraria, qué le importa a una madre que se gane la supervivencia
general por un procedimiento que mata a su hijo. Las madres no son necias, los
necios son los otros.
Una madre, si la dejáis hablar, enseguida os dirá lo que podéis hacer con
vuestros escudos y dónde podéis metéroslos, en lugar de pretender que sus hijos
los usen de mortaja y de ataúd. Lo que pasa es que casi nunca se deja que hablen
las madres. Así nos va, tan poco madremente.
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016-MANOS
Miguel Cobaleda
16-05-2021
Según una lógica rigurosamente implacable, lo contrario exacto de todo lo que
puedas hacer con las manos, lo podrás hacer si te cortan las manos. Conviene,
pues, muy mucho, que te las corten, porque hay más cosas opuestas a las que
puedes hacer, que las que puedes hacer.
Por eso en mi tierra todo el mundo se las ha mandado cortar, es una tierra de
muñones y de gente feliz que hace muchas cosas que corrientemente no se pueden
hacer (y luego se apañan con los dientes para las tres o cuatro naderías
restantes).
Los extraños primero sienten pena y horror, luego –cuando se les explica– les
entra una risa floja que es una clase de horror más horrorizado que el primero.
Pero es que hay que ser de aquí para entenderlo a fondo. Porque si se entiende,
entonces ya no se tienen dudas, que es lo que nos pasa a nosotros, nadie iba a
ser tan tonto como para cortarse las manos si no le saliera a cuenta.
Tanto más cuanto que las manos cortadas ni se secan ni se pudren, sino que
siguen sirviendo, sueltas y por su cuenta, eso sí, pero sirviendo para un montón
de tareas colectivas. En realidad trabajan para el ayuntamiento, son del común,
como se suele decir. Este alcalde las emplea en bobadas (le gusta que le sigan,
aplaudiéndole, cuando va o viene del café, que es donde se pasa el día); pero
otros las han aprovechado en favor de la comunidad y se han hecho grandes obras
públicas gracias a las manos cortadas.
Una noche al año las manos regresan a los muñones y, por un instante, se juntan
a ellos y actúan de consuno. Lo que no significa que cada mano acierte con su
muñón de origen, al pasar el tiempo hay siempre un confuso batiburrillo de
mezclas. Yo esas noches dejo que cada mano invitada haga lo que quiera, que siga
su querencia y se dedique a aquello que mejor sepa hacer o que más le plazca.
Éstas de hoy escriben; bueno, pues que lo hagan, a saber de quién son o de quién
han sido (las manos nunca mueren).
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017-OXÍGENO
Miguel Cobaleda
23-05-2021
Vivo en el temor, en la obsesión, en el delirio, en el pánico (no estoy
exagerando, por mucho que lo parezca) de que se acaben los árboles.
Los cuento –de acuerdo ¡qué bobada!, eso no es posible–; pues yo voy por el
bosque, por la ciudad, por el parque contando los árboles y mirando receloso si
no estarán enfermos.
Los incendios estacionales me sacan de mis casillas y hasta tal punto me
desquician que, en los veranos calientes, caigo enfermo de aprensión, una fatiga
extraña, un asma, un algo.
Soy de todas las sociedades que los defienden y plantan, distingo a simple vista
más de mil especies, mi gusto sería saberme no ya los nombres latinos de tipos y
de razas, sino los nombres propios, individuales, concretos, de cada árbol que
haya, o haya de haber, o haya habido sobre la corteza de la tierra, así estoy de
loco con este terrible tema.
Sueño con ser un héroe de legendario recuerdo, pero no entre los hombres, cuya
memoria es necia y guarda solamente nombres de asesinos y prebostes feroces, no:
en la imaginación de los propios vegetales, que de vez en cuando sus cortezas
evoquen o sugieran los perfiles de mi rostro, que sobre alguna hoja oxidada por
un otoño pintor se pueda leer mi nombre en el nervudo mapa de la red de sus
vasos. Salvar del terrible incendio a bosques enteros con riesgo de mi vida,
llevar los torrentes de aguas vivificantes a los secarrales remotos donde
agonizan a miles, conseguir que de nuevo el espeso dosel cubra ininterrumpido
los cinco continentes.
Por eso soy tan riguroso en mis demandas contra incendiarios, malandrines y
aserradores locos que están despoblando la capa vegetal que es la vida de la
tierra. Al que quema, quemarle, al que sierra, serrarle, cortar por lo sano esta
atroz sangría... porque ¿sobre qué soporte escribiré cuando el último árbol se
queme o se muera dejándome sin papel? ¿De verdad tendré que escribir tocando un
vidrio que, en vez de ser materia viva, es polvo fundido y muerto?
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018-VIEJOS
Miguel Cobaleda
30-05-2021
No hemos podido exterminar a la tribu enemiga porque tienen palabras sagradas de
resistencia infinita que les hacen inmortales y, por lo tanto, invencibles.
Al principio la razia iba según lo previsto, la sorpresa, la matanza inicial de
víctimas desprevenidas, los primeros incendios de cabañas y campos.
Pero poco a poco fueron apareciendo unos guerreros viejos, salidos de no sé
dónde, con cicatrices surcando sus rostros de cobre, en los ojos la
determinación de las montañas milenarias, seguros, firmes, erguidos ante la
muerte como piedras inmortales.
En ese momento la fuerza de nuestro número les fue produciendo bajas a pesar del
valor sereno y heroico con que combatían y a pesar de la eficacia pavorosa de su
experiencia y su capacidad. Pero cuando cualquiera de ellos caía acribillado
cien veces, con la sangre escapando a borbotones por las heridas, alguno otro
cercano pronunciaba en voz alta –eran sus únicas palabras, sus únicos sonidos–
los conjuros sagrados, secos, rápidos, palabras como piedras lanzadas por una
honda; el caído se levantaba y seguía luchando sin hacer el menor caso de las
heridas abiertas, del cuello desgarrado, de los ojos hundidos o del vientre
traspasado.
Demonios tranquilos, furias impávidas, frías máquinas de combatir sin desmayo,
no eran seres humanos estos viejos guerreros, sus palabras sagradas les hacían
inquebrantables.
No sabía yo entonces qué serían esos conjuros de tan inmenso poder...
Cuando volvíamos derrotados de regreso a nuestro valle, uno que conoce esta
tribu de haber vivido cautivo, dijo que esas palabras veloces, resucitadoras,
magníficas, no eran otra cosa que los nombres de sus hijos.
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019-MÁQUINAS
Miguel Cobaleda
06-06-2021
¿Dónde está el alma de una máquina?
Todo ingeniero teme el momento en que, ya terminada y ensamblada completamente
su criatura, debe ponerla en marcha, conectar el interruptor, darle cuerda,
soplar el barro; todos los ingenieros, desde el que hizo en el origen al
ingeniero inicial. ¿Estarán conectadas las arterias de vida que inervan todo el
tinglado? ¿Habrá quiebras, rupturas, en los cauces que deben conducir el fluido?
¿El diseño es bueno, eficiente, posible? ¿La construcción ha sido cuidadosa,
impecable, obediente?
¿Querrá el chisme mismo ponerse en marcha?
La esencia “máquina” involucra complejidad, y la complejidad es, por sí sola, un
concepto inestable. Hacer simples es sencillo (los dioses me salen a mí como
churros, la simplicidad es su esencia y no entraña problemas, otra cosa es que
te gusten los dioses que hagas), pero las máquinas...: ése es otro asunto.
¿Y qué decir si el invento funciona como la seda en el primer instante y luego,
cuando ya das rienda suelta al aliento contenido, de repente se para sin que le
pase nada, sin que se haya roto nada, sin que falle la corriente, sin que esto y
sin que lo otro? ¿Eh? ¿qué decir entonces? Porque acostumbran a hacerlo, en eso
se parecen todas entre sí por distantes que sean en diseño y función: al
principio siempre se paran.
Aunque digo yo: ¿por qué, como ingenieros, le tenemos tanto pánico a que la
máquina se pare? ¿Qué pasa si se para?... Pararse no es otra cosa que atravesar
la duración con arreglo a otros parámetros; recortar el espacio con diferentes
patrones.
Además, ¿es que no hemos pensado en la pavorosa eventualidad de que nuestro
trasto semoviente –robot, excavadora, ordenador, lavadora, tractor, grúa,
cortacésped, Adán y Eva, el tiempo– se ponga en marcha y no se detenga nunca?
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020-EL ARADO
Miguel Cobaleda
13-06-2021
Aunque corrían muchas leyendas sobre la materia de la que estaba hecho el arado,
en realidad nadie sabía a ciencia cierta de qué. Los leñadores, en su rústica
ignorancia, decían que de madera, claro ¿de qué, si no? De un olivo milenario de
madera tan pulida como el cristal y tan dura como el hierro. Los herreros
argumentaban que, si se quería hierro, mejor el hierro mismo que una madera que
pareciese hierro, y aseguraban que el arado estaba hecho de hierro, claro, ¿de
qué, si no?... Los geólogos decían que del basalto salido del volcán; los
químicos que de un elixir vital de índole etérea; los astrónomos que de trozos
de estrellas y soles; los teólogos que de átomos divinos; los alquimistas, en
fin, que de luz. En cuanto a mí, yo siempre he pensado que el arado es
pensamiento puro. Tampoco estaba claro qué fuerza animal o mecánica empujaba el
arado o tiraba de él: cuando el arado araba, no se veía animal ninguno ni ningún
motor. Así que, sobre este aspecto, había tantas controversias, o más, que sobre
la materia misma.
Lo único en lo que todos estamos de acuerdo es en que el arado, al arar, va
creando el mundo. Los arados normales hacen surcos, abren surcos en la tierra
llana o estéril, o muerta. Este arado hace el surco y, a la vez, hace la tierra;
no abre la tierra con un surco, sino que crea el surco como si fuese un
dibujante sobre un lienzo en blanco haciendo aparecer figuras desde la nada.
Cuando llega al final de la besana –que no tiene final porque va creando la
besana al ir creando la tierra–, hace aparecer los árboles, las flores, el cielo
mismo, las nubes, los pájaros. Crea también el arado las cosas que hacemos los
hombres, los caminos cuando llega hasta donde tienen que estar, nuestras
viviendas, nuestros puentes –a veces antes los ríos que los puentes, a veces
hace los puentes y luego produce los ríos–. Hace los molinos y las iglesias, las
orillas del mar lo mismo que las barcas de pesca. En fin, hace el mar, lo dibuja
como si fuese un surco inmenso y después deja que el surco rezume de agua salada
y llene ese hueco descomunal, acaso infinito. Así que no puede ser de madera ni
de hierro, ni siquiera de elixir o de estrellas. Yo creo que el arado es de
pensamiento puro.
Es hermoso –o aterrador– verle trabajar en silencio (sin ruido, ya esté abriendo
un surco, ya esté encendiendo el sol), ir y venir dibujando seres naturales o
artificiales, según convenga. Cuando paseo por el paisaje de mi lugar, me paro a
verle funcionar en medio de la absoluta ausencia. Incluso he llegado, atrevido,
a pisar sobre la tierra recién creada, pues no me asustan esas pamplinas de la
gente según las cuales lo que el arado crea no se consolida hasta varias horas
después. Tonterías: he pisado con mis propios pies yerba recién creada, me he
bañado en ríos recién nacidos, he atravesado puentes recién dibujados, incluso
he pensado pensamientos recién pensados y no se hunden ni se borran. No puede
ser el arado de madera ni puede ser de hierro. No puede ser de estrellas. Mi
creencia es que el arado está hecho de pensamiento puro. O no está hecho, porque
me pregunto yo: ¿quién ha podido hacer el arado, si es el arado el que hace el
mundo?
Ha sido maravilloso irle viendo crearme. Como empezó por los ojos del alma, pude
seguir todo el proceso: la materia del cuerpo, las ideas de la inteligencia, los
criterios de la moral, los recuerdos ya vividos, los sueños por soñar... Verlo,
digo, entenderlo no lo entendí hasta que, luego de haberme finalizado por
completo, sopló sobre éste que soy montón de barro y encendió mi espíritu. Tiene
que ser de pensamiento puro ¿de qué, si no?